COLABORACIÓN

 
     
 

Por Héctor Meléndez

 
     
     
     
 

*7 de junio de 2026*

 
     
     
     
 

El conde de Montecristo

Héctor Meléndez



Dicen que los muchachos ahora no leen porque dedican su atención a los celulares y la vida digital. Apenas pueden, se dice, seguir una trama o un tren de pensamiento. También ha habido una degradación de la escuela en tiempos recientes. En cualquier caso, ofrezco a grandes y chicos esta idea: leer El conde de Montecristo, una de las grandes novelas de la literatura occidental y universal, de Alejandro Dumas, mulato de ascendencia haitiana y francesa (también autor de Los tres mosqueteros). Fue publicada hace 180 años –1846– como volumen completo, al cabo de año y medio de publicarse en serie, o sea, un capítulo tras otro separadamente, en el Journal des Débats en París.

   La publicación en serie era a menudo la primera forma en que salían las novelas. La serialización, o publicación de cada capítulo en un folleto insertado en un periódico o revista, fue precursora de las actuales telenovelas y series en internet. Como ocurre con éstas, los autores alargaban la novela según se vendiera, lo cual a veces producía obras, como ésta, de más de mil páginas. Las novelas reclamaban tanto trabajo que era común que dos o más colaboraran en escribirlas. Augusto Maquet fue coautor de esta novela, o tal vez ayudante de Dumas.

   La historia debía ser tan interesante que los lectores no pudieran despegarse de su lectura, como sentirá quien lea El conde de Montecristo. Se le describe como una novela de aventuras, pero se engañará quien crea que es solamente eso, o, peor aún, quien la confunda con las versiones que se han hecho para la televisión y el cine, en que es tergiversada, despedazada y reducida. El poder de Hollywood ha generalizado una banalización y simplificación en que se repite la misma estructura narrativa una y otra vez.

   Muchas de las incidencias y tramas de El conde de Montecristo se han reproducido en incontables novelas, cuentos, películas y programas de televisión que han venido después. Pero en la obra de Dumas las historias personales y el amor romántico se entrelazan con la historia social y política y con las cuestiones de justicia, moralidad, lealtad, relación del individuo con los otros y con la sociedad, y del poder financiero.

   Un humilde, honesto y joven marinero de Marsella, Edmundo Dantés, sufre catorce años en prisión, injusta y viciosamente. Supuestos amigos hacen que se le acuse falsamente de pertenecer al movimiento subversivo que en Francia representaba Napoleón Bonaparte. El procurador del Rey, o fiscal general en nuestro lenguaje, lo envía ilegal e inmoralmente a prisión –sin juicio– en el tenebroso Castillo de If, una fortaleza de calabozos inmundos en una isleta cerca de la costa sur francesa (recuerda a Alcatraz en las afueras de California). Lo arrestan y encierran justo cuando iba a casarse con su amada novia Mercedes.

   Después Dantés sabrá que en esos catorce años falleció su padre, su único familiar, sumido en miseria y hambre, y que, suponiendo a Edmundo muerto, su prometida se casó. No sólo es encarcelado injustamente en un instante, de forma inesperada, sino que brutalmente lo arrancan de sus seres más queridos y le arruinan la vida. Quien haya sido acusado falsamente, difamado e ido preso injustamente aunque haya sido por un solo día, y alejado de sus seres queridos, podrá identificarse con este personaje.

   Dantés está incomunicado en una mazmorra, sin derechos ni las facilidades mínimas de nuestro tiempo. En la soledad, la oscuridad, la mugre y la desesperación se agrede a sí mismo, incluso trata de matarse. Se le va el sentido de la vida.

   Pero varios años después ponen en la mazmorra del lado un preso con el cual logra comunicarse. Eventualmente hacen un pasadizo secreto. Es un abate, un funcionario de la religión, pero además profundo conocedor de las ciencias naturales, la tecnología y la sociedad. Este inolvidable amigo le sirve a Edmundo de profesor –de ciencias, matemáticas, filosofía, mecánica– y psicólogo. Es mediante el intelecto que Edmundo se salva. El conocimiento y la educación le proporcionarán gran vigor y potencia.

   Aprovechando la muerte del excepcional sabio, Dantés escapa y nada hacia su libertad. En adelante descubrirá un fabuloso tesoro que sólo el abate conocía, en la pequeña isla rocosa de Montecristo, al oeste de la costa italiana. En esta novela estamos en el mundo multicultural del Mediterráneo. La trama sugiere sus numerosas costas: España, Grecia, Turquía, Túnez, Argelia, Libia, Egipto, Líbano, Siria, Córcega, Cerdeña, Sicilia, Francia, Italia. Es un mundo ancestral de marineros, puertos, comercio, contrabando e intercambios políticos y pandillescos.

   Convertido en millonario, Dantés viaja, aprecia el Oriente e inspirado en las enseñanzas del abate, se entrena durante años en diversos conocimientos: ciencia militar, finanzas, medicina, minerología, literatura, arte, química. Ocultando su identidad, se proclama “conde de Montecristo” y traza un plan meticuloso para vengarse de quienes perversamente lo condenaron a la muerte en vida de la prisión. Uno se hizo general del ejército colonialista francés y se casó con Mercedes; otro es un poderoso y cínico banquero; el fiscal general ha consolidado su posición en la alta burocracia judicial gracias a sus conexiones con la aristocracia y los grupos políticamente poderosos. Estos sujetos han hecho mal como individuos, pero también representan intereses de poder y riqueza en nuestra sociedad de egoísmo.

   El héroe asume identidades diferentes y comanda una organización con empleados, sirvientes y bandidos que le son absolutamente fieles. Opera al margen del estado y la ley, y dirige su organización con precisión de ciencia exacta. Quizá en parte la obra domine la atención del lector por el gusto que da generalmente la venganza “bien merecida”, y que la ejecute un héroe hábil y valiente. En la tradición cultural la voz que pone orden suele asociarse a la figura masculina.

   Veamos el ambiente histórico. La Revolución Francesa ha entrado en crisis diez años después de iniciar en 1789. No se ha estabilizado un nuevo estado. En medio de un caótico vacío de poder, el militar Bonaparte da un golpe de estado en 1799, y se hace dictador. Es despótico, colonialista y militarista, y por otro lado empeñado en exportar por Europa conceptos e instituciones republicanas que la Revolución ha propulsado, atacando la monarquía y el feudalismo. Es un fenómeno reaccionario y a la vez progresista.

   Por haber experimentado una revolución social, Francia quedó retrasada en el progreso industrial capitalista en relación a Inglaterra, que emerge como la vanguardia. Bonaparte busca hacer avanzar la capacidad productiva francesa y modernizar el estado. En las primeras décadas del siglo XIX Francia verá una expansión enorme de la educación, las ciencias, la tecnología y la maquinaria. Se difunde por ejemplo la teoría de Saint-Simon, quien aboga por las clases productivas (empresarios, campesinos, intelectuales, científicos, ingenieros, obreros, artesanos) en lugar de las “ociosas” u holgazanas (aristócratas, grandes banqueros y ricos que se lucran con la renta de inmuebles, tierras y deudas que generan pobreza y oprimen a empresas y fincas que podrían ser productivas). Algo de esto se trasluce en El conde de Montecristo.

   Ahora bien, Napoleón, a pesar de su modernización de la guerra –desarrollo de la artillería, ofensivas audaces, batallas de cientos de miles de muertos–, es acosado por la alianza monárquica europea que encabeza Gran Bretaña. Sufre un revés duro y decisivo en 1812 con el fracaso de su invasión a Rusia. Es derrotado en 1814. Sus vencedores evitan meterlo en prisión o ejecutarlo, dado el gran seguimiento popular que tiene, y lo recluyen en la pequeña isla de Elba, cerca de Italia, como una caricatura de reyecito en un reino diminuto. Pero desde Elba Napoleón organiza otra vez un ejército. En esta gestión se involucran muchos franceses e italianos. A ese torbellino es arrastrado, sin saberlo, el pobre Edmundo en la novela.

   Bonaparte volvió a dar guerra a los ingleses y sus aliados por más de tres meses –entre marzo y julio de 1815– hasta ser derrotado en un pueblito de los Países Bajos, Waterloo, esta vez para siempre. Por tanto, la monarquía francesa ha regresado en 1814 (en una restauración posrevolución, pos-Napoleón, y contrarrevolucionaria), para ser amenazada de nuevo en 1815 por Bonaparte. Se instala otra vez tras la derrota final de Napoleón. En estos cambios de gobierno la parte antes perseguida se hace después dominante. En este contexto empieza la novela.

   El fiscal general ha metido a Edmundo cruelmente en prisión tildándolo de supuesto bonapartista peligroso (después dice que ha muerto en la cárcel, otra mentira). Persigue congraciarse con la aristocracia y mostrar que es fiel a la monarquía; también quiere distanciarse de su propio papá, quien ha sido bonapartista y militante de las ideas de la Revolución Francesa.

   Montecristo se vengará de quienes le destruyeron la vida. Aquí venganza es justicia, podría decirse, puesto que el estado, que debería velar porque las leyes sean justas y se aplique el derecho, es corrupto y está comprometido con intereses políticos particulares y clases reaccionarias indiferentes. No habrá perdón. Eventualmente, sin embargo, nuestro héroe parece cuestionar los extremos de sus castigos a los truhanes.

   La opresión social se dramatiza en el horrible régimen carcelario y la disfuncionalidad del sistema de tribunales. La cuestión carcelaria y el tema del estado, como estructura que determina la vida de la gente, producirán literaturas y teorías sociológicas y filosóficas en Francia y muchos otros sitios. La prisión y el estado como perpetuo vigilante y represor serán temas elaborados en otra gran novela, Los miserables, de Víctor Hugo, de 1862.

   El protagonista de El conde de Montecristo parece una metáfora de un partido o bando social que, armado con el conocimiento, la ciencia y el intelecto, se opone a las clases financieras, imperialistas, corruptas, ociosas y rentistas. A la vez sostiene que la riqueza monetaria no es en sí misma dañina, ya que, dice, podría servir para hacer mucho bien.

   A menudo Dantés se remite a Dios como guía y testigo de su propia conciencia, su venganza, su justicia, su amor y su sinceridad. Discretamente Dumas diferencia a Dios de la iglesia. Es incuestionable la gran religiosidad de aquella época, como también de la actual, pero podría leerse a “Dios” como metáfora del bien común, de las cosas que hacen humana a la humanidad: la necesidad de bienestar, la dignidad, amar y ser amado, formar familia, reproducir la sociedad en comunidad con los demás; la libertad, felicidad y salud de la persona.

   La riqueza del texto de Dumas es extraordinaria, como son sus ironías y su conocimiento de la literatura antigua, la pintura, la música y el teatro. El autor moviliza nuestro sentimiento y nuestra ética movilizando nuestro intelecto. Busca que el lector construya con su propia imaginación lo que pasará en la novela; o sea, que se haga también autor y aprenda a relacionar las cosas. Hace alusiones que en algunos casos no entendemos, como si persiguiera que busquemos la información y así nos eduquemos más, espoleados por el placer de la lectura. Dumas escribe con elegancia y delicadeza. Evita forzar opiniones en los lectores; propicia el criterio propio.

   La novela asesta golpes demoledores a la aristocracia y la sociedad ricachona y derrochadora de París, que juega frívolamente en los mercados de bonos de Haití o España, se sirve de jugosas deudas e hipotecas, se somete cobardemente a Inglaterra e invierte en las Américas. Sugiere sutilmente que el despotismo que Occidente atribuye a los gobiernos de Oriente existe también en Occidente de otras formas, incluso peores. Repudia la esclavitud y la servidumbre sin decirlo directamente, al relatar la historia de Dantés y muchas otras historias que se cuentan dentro de esa historia –como hace Cervantes en Don Quijote, que incluye una y otra vez cuentos dentro de los cuentos que habitan la novela–, infundiendo así “subjetividad” a distintos personajes, incluyendo los aparentemente poco importantes.

   Los terribles acontecimientos que provoca la venganza de Montecristo en los tres criminales incluyen que Mercedes –junto a su hijo– abandone a su marido. Ya ella ha adivinado que Montecristo es Edmundo. Hay gran emotividad en el momento en que los amantes, que ya no podrán volverlo a ser, están frente a frente con su inmenso amor frustrado, o transformado, en la amarga realidad de la finitud de la vida. Han pasado muchos años.

   Dantés muestra una y otra vez su decencia y generosidad. Al final, los buenos, por así decir, quedan en situación favorable, y los malos son destruidos. Pero no es un cuento religioso donde la justicia haya llegado milagrosamente. Es una historia humana, y su resultado ha requerido mucho trabajo, destreza, recursos materiales, y premeditación para hacer mal en función del bien. Es un relato asombroso y fantástico, por la fabulación libre y rica de Dumas. El final no es exactamente feliz. Quedan la tragedia y la destrucción de los castigos, y el sabor incierto que dejan.

   La intensidad y el dramatismo atrapan al lector de El conde de Montecristo. El drama psicológico se agita entre los personajes así como en el lector, insertado en los conflictos históricos de la sociedad y el mundo. El relato es divertido y espectacular, y las reflexiones ilustradas e ingeniosas de Dumas parecen insistir en que la diversión, la belleza y el intelecto pueden producir fuerza moral.

 
     
     
 

Héctor Meléndez

 
     
     
 
 
     
     
     
 

*3 de agosto de 2025*

 
     
     
 

Continuidad entre el fascismo y el sistema estadounidense

Por Héctor Meléndez | 19/07/2025 | EE.UU.
Fuentes: Rebelión


El proyecto occidental, que lleva cinco siglos, se constituye de estados diferentes con intereses particulares, que a veces se oponen y hasta se masacran entre sí. Alemania nazi, el Estado de Israel y Estados Unidos, digamos, tienen discursos distintos o conflictivos entre sí, pero prácticas similares. Les unen ideologías eurocéntricas, occidentalistas y colonialistas. La distinción arbitraria entre ‘democracia’ y fascismo (o nazismo) –cultivada por los medios de educación e información de masas– ha sido reforzada por el hecho real de que en 1941-45 Estados Unidos y Gran Bretaña fueron aliados contra Alemania, Japón e Italia. Sin embargo, si se ve la historia como lucha de clases (en las sociedades y entre países o regiones internacionales) se aprecia que estos tres países fascistas coincidían íntimamente con Estados Unidos y Gran Bretaña en ser imperialistas y servir al capital financiero, y en su interés de destruir el movimiento socialista, que llamaba –y llama– a la lucha de los trabajadores y la liberación de los países oprimidos. La contradicción entre la Unión Soviética y el bloque de Estados Unidos y Gran Bretaña se echó a un lado brevemente, pues se aliaron contra los fascistas en 1941-45. Resurgió con gran fuerza después de 1945.

En los años 30 los soviéticos –que construían su economía a duras penas– esperaban una invasión en cualquier momento, lo más probable, pensaban, de Gran Bretaña y Francia (con apoyo o anuencia de Washington, Berlín, Tokio, etc). Que la invasión viniera de Alemania indicó que el nazismo conformaba un extremo ideológico que había amasado agresividad inesperada. La violencia nazi era diferente, y a la vez hermana, de otras violencias propias de la cultura racista, eurocéntrica y colonial del sistema occidental mundial que se impuso por siglos en África, las Américas, Asia y Oriente Medio. La victoria soviética sobre Alemania nazi –la toma de Berlín en mayo de 1945– fue un golpetazo no sólo a los fascistas sino a todo el imperialismo occidental, y empezó el declive de Occidente que hoy Washington quisiera frenar.

El estado norteamericano tuvo después de la guerra de 1914-1918 un nuevo y potente empuje financiero y militar, cuya ideología ha sido un intransigente anti-comunismo. Esta obsesión contra el socialismo empezó después de la Revolución Rusa de Octubre de 1917 y se hizo parte de la identidad nacional estadounidense mediante educación, legislación, comunicación de masas, entretenimientos, discurso continuo del gobierno, y prácticas corporativas. Los estados que acumulan poder con el capitalismo imperialista occidental, pues, se nutren de sus propios discursos fantasiosos, sistemas escolares, tradiciones étnico-religiosas, textos, teorías, medios de publicidad, etc. Pero sus particularidades implican la unidad general de un interés de clase: impedir a toda costa la rebelión de las naciones y clases oprimidas.

Abundan hilos de continuidad entre el fascismo y la política de Estados Unidos. Por ejemplo, desde los años 40 la CIA colaboró con la sangrienta represión que desató el régimen de Franco en España contra comunistas, izquierdistas y republicanos incluso en el exilio. En los 50 Washington promovió la integración del régimen fascista español a la ‘comunidad internacional’ y acordó con Madrid generosa ayuda americana de decenas de millones de dólares en préstamos y tanques, aviones y entrenamiento militar. Franco aceptó bases militares navales y aéreas estadounidenses en España, que continúan. Estratégicamente importantes para la OTAN en el Mediterráneo, estas bases militares cementaron la integración española al sistema occidental. Estados Unidos usó a España para operaciones antisoviéticas, por ejemplo transmisiones de Radio Free Europe. En 1955 gestionó que Naciones Unidas admitiera al estado fascista español.

Eran extensas las simpatías con el nazismo alemán entre las clases gobernantes de Estados Unidos y sus sectores corporativos y mediáticos. En 1938 Henry Ford –que había escrito un libro ostentosamente antisemita– recibió la Gran Cruz del Águila Alemana del estado nazi. Durante años su compañía suplió a Alemania vehículos militares y camiones. La subsidiaria de General Motors, Opel, produjo aviones y tanques para el ejército nazi. La IBM proveyó tecnología de perforación de tarjetas que le fue útil al gobierno nazi en la contabilización del Holocausto. Personalidades famosas americanas celebraban públicamente el régimen de Hitler. Joseph P. Kennedy (padre de los asesinados John F. y Robert F.), de tendencia antisemita, estrechó los lazos norteamericanos con el gobierno nazi cuando fue embajador en Londres en 1938-40. El propietario de periódicos William Randolph Herst publicó artículos favorables a Italia fascista y que subestimaban las atrocidades nazis. El banquero Prescott Bush (padre de George, director de la CIA en los 70 y después presidente y padre de George W, también presidente) mantuvo lazos financieros con intereses industriales nazis de Alemania hasta que nueva legislación en 1942 se lo prohibió. Había además organizaciones nazistas americanas, como ‘The America First Committee’ y el ‘German-American Bund’. Dada la fuerte influencia antisemita y las simpatías con el nazismo, Estados Unidos se negó repetidamente a flexibilizar sus cuotas de inmigrantes refugiados para admitir judíos que huían del régimen hitleriano.

En China, Washington respaldó entre 1944 y 1949 el sector ultraderechista del partido nacionalista Guomintang, en ansioso intento de impedir el avance del Partido Comunista. Le dio ayudas ascendentes a lo que serían hoy 25 mil millones de dólares, y armas, aviones, barcos y entrenamiento militar. Las organizaciones de inteligencia norteamericanas entrenaron agentes del Guomintang para la represión. En 1945-47 fueron enviados 50 mil marines americanos al norte de China en apoyo al Guomintang y prevención del avance comunista. La administración de Truman tuvo dificultades en justificar las ayudas económicas y militares, pues los miembros del Guomintang las robaban y a menudo las vendían en el mercado negro. Además de corrupto, este partido era militarmente chapucero y ejercía pobre dirección. Su opresión de los campesinos contribuyó a que éstos respaldasen a los comunistas. Tras la victoria comunista en 1949 Estados Unidos reconoció la isla de Taiwán, ocupada por el Guomintang, como único representante de China en Naciones Unidas e impidió, hasta 1971, que la República Popular de China fuese miembro de la ONU. Desde 1945 promovió que Taiwán fuese miembro del Consejo de Seguridad de la ONU y así se mantuviera, hasta 1971. En 1943, después del colapso del régimen de Mussolini, los estadounidenses y británicos negociaron con los fascistas italianos una transición ‘estable’. El nuevo gobierno italiano mantuvo burócratas y policías fascistas. En el proceso electoral de 1948 la CIA apoyó secretamente con millones de dólares la Democracia Cristiana, partido creado en 1943 con estímulo americano. Washington anunció que si ganaba el Partido Comunista –que varias encuestas daban como ganador– los fondos del Plan Marshall para la reconstrucción de posguerra de Italia terminarían. Durante décadas, cada año el gobierno Demócrata Cristiano recibió de la CIA entre 10 y 20 millones de dólares, por vía de corporaciones fantasmas y del Vaticano, para asegurar que revalidara en las siguientes elecciones. La CIA y la OTAN crearon organizaciones terroristas de extrema derecha para desestabilizar la izquierda. Como parte de su control de Italia desde 1943, los norteamericanos restauraron la mafia en Sicilia –incluso adelantaron la excarcelación del gángster Lucky Luciano, preso en Estados Unidos– para que aplastara las organizaciones obreras e izquierdistas en el sur de Italia (asesinatos, intimidación de votantes, palizas a activistas). Se sucedieron los asesinatos de organizadores sindicales. Una masacre en Sicilia, durante la celebración del Primero de Mayo en 1947, dejó once muertos y casi treinta heridos. El resurgimiento de la mafia en Italia y el sur de Francia se ha asociado a la rápida expansión del narcotráfico en Europa y América en los tiempos posteriores. La mafia también aparece en numerosas evidencias e informaciones como parte de las operaciones para asesinar al presidente Kennedy y su hermano Robert en los años 60, en Dallas y Los Ángeles respectivamente, con las cuales se asocia a la CIA y otros aparatos de inteligencia y sectores de las fuerzas armadas. Las organizaciones de inteligencia norteamericanas y británicas financiaron secretamente propaganda anti-comunista, difusión de noticias falsas, y operaciones clandestinas violentas (Black Ops) sobre todo para desacreditar al Partido Comunista de Italia. Mediante la Operación Gladio la OTAN creó una red de ‘ejércitos’ secretos para entrenar neofascistas y realizar atentados dinamiteros, asesinatos y ataques contra movimientos de izquierda. En ocasiones colocaron explosivos que después serían atribuidos a grupos comunistas e izquierdistas, lo cual a su vez provocaría arrestos y persecuciones. Durante años la red perpetró crímenes en Italia, Francia, Portugal, Bélgica, España, Alemania, Austria, Países Bajos, Dinamarca, Grecia y otros países europeos. Diecisiete personas murieron con el estallido de una bomba en la plaza Fontana en Milán en 1969, por la cual las autoridades culparon a un grupo anarquista. En 1980 murieron ochenta y cinco personas en un atentado en Bologna; hay información que implica grupos de extrema derecha vinculados a la inteligencia de la OTAN. El asesinato de Aldo Moro, líder de la Democracia Cristiana, en 1978 en Roma, presuntamente obra de un grupo izquierdista, sigue en el misterio. Moro proponía un ‘compromiso histórico’ con el Partido Comunista. En España la actividad de Gladio incluyó una bomba en un local de abogados laborales en Madrid en 1977 que mató cinco personas. En Italia más de quinientos atentados dinamiteros entre los años 50 y 80 siguen sin esclarecerse. Muchos se asocian con Gladio y la CIA.

En Grecia el Partido Comunista y su brazo militar ELAS encabezaban el combate contra la ocupación alemana (que ejércitos fascistas de Italia y Bulgaria apoyaban). Los comunistas controlaban la mayor parte del país. Los nazis estaban siendo derrotados; fueron sustituidos por fuerzas británicas, y después estadounidenses, que en 1944 ocuparon Atenas. Los militares derechistas y grupos paramilitares griegos recibieron enorme apoyo militar y financiero norteamericano y británico. El ejército británico combatió militarmente a ELAS en Atenas e instaló un gobierno monárquico. En 1946 se desató una guerra civil, que duró tres años, entre el movimiento dirigido por los partisanos –guerrilleros antifascistas de las clases populares– y los comunistas, y las clases reaccionarias griegas o más bien las fuerzas de ocupación angloamericanas. Washington envió asesores militares, armas y ayuda económica al gobierno derechista. Con su Operación Corintio, en 1947 la CIA creó escuadrones de la muerte para cazar comunistas e izquierdistas. Abundaron las ejecuciones en masa y las torturas. Más de 50 mil izquierdistas fueron internados en campos de prisioneros. La CIA entrenó los griegos en tortura de izquierdistas en la isla Makronisos. La Doctrina Truman proclamó el apoyo total a la lucha anticomunista; Grecia era campo de batalla crucial. Estados Unidos envió el equivalente a 5 mil millones de dólares al régimen griego para suprimir los comunistas. Para la OTAN era importante controlar el sur de Europa. El ejército oficial de Grecia, con imprescindible respaldo yanqui, se impuso en la guerra civil e instaló un gobierno ultraderechista. En 1967 el gobierno por fin permitió elecciones; esperándose un triunfo de la izquierda, los militares dieron un golpe de estado. La junta militar prohibió partidos de izquierda, torturó sospechosos e impuso un orden de tipo fascista hasta 1974. Documentos han revelado que asesores militares norteamericanos entrenaron los griegos en waterboarding, electroshock y otras técnicas de tortura. Archivos de la CIA muestran dineros que se pagaron a miembros de la junta militar, así como la función de la CIA en el golpe de estado, asesinatos y propaganda de desinformación. Con el colapso de la junta militar griega, en los años 70 se liberó un sentimiento antimperialista masivo en el país. Las bases militares de la OTAN continúan, sin embargo. En 2015 un gobierno progresista trató de hacer frente a la enorme deuda externa de Grecia, pero fue amenazado por la Unión Europea, el Banco de Europa y otras instituciones dominantes, y regresó al obediente pago de la deuda, que ha conllevado un empobrecimiento general de la población y la economía. En Alemania occidental, después de la guerra los americanos dijeron respaldar una des-nazificación, pero rápidamente se dedicaron a reintegrar al gobierno nazis que habían sido agentes de inteligencia, militares y funcionarios. En 1948 el gobierno –bajo dirección yanqui-británica– perdonó o restituyó muchos nazis, alegando que necesitaba administradores, técnicos y oficiales militares experimentados. Reinhard Gehlen, exjefe de inteligencia militar de Alemania nazi –quien supervisó la guerra y la brutal supresión de partisanos en Europa del este y la URSS– fue reclutado por el Ejército de Estados Unidos. La ‘organización Gehlen’ fue el núcleo del sistema de inteligencia del nuevo estado alemán occidental (Servicio de Inteligencia Federal) y durante los 50, 60 y 70 empleó cientos de ex-agentes y ex-oficiales de la SS, la Gestapo y la inteligencia nazi. A sabiendas de que empleaba numerosos criminales de guerra, la CIA apoyó y financió este sistema. Miles de ex-nazis mantuvieron sus puestos en la policía, la rama judicial y el servicio público de Alemania del oeste. En algunos casos procesaban a izquierdistas, mientras su propio historial era ignorado. Muchos oficiales del ejército nazi y la SS fueron integrados al nuevo ejército; Washington los apreciaba como recursos valiosos para la OTAN. Hans Globke, quien había sido coautor de las leyes anti-judías del régimen de Hitler, se mantuvo en el gobierno hasta 1963. El notorio jefe de la CIA Allen Dulles –quien insistió en invadir a Cuba y ha sido vinculado al asesinato de John F. Kennedy–, refinado occidentalista y germanófilo, guardaba simpatías hacia el nazismo.

La ocupación norteamericana de Japón desde 1945 inicialmente purgó militaristas adeptos al anterior estado japonés, pero enseguida dio prioridad a detener las crecientes tendencias antimperialistas. Incorporó y favoreció numerosos agentes y funcionarios del régimen ultraderechista derrotado en la guerra. Nobusuke Kishi, sospechoso ‘clase A’ de crímenes de guerra por supervisar trabajo esclavo en Manchuria (las atrocidades japonesas en China se conocen menos que las alemanas en Europa) y aliado clave de Estados Unidos, fue primer ministro entre 1957 y 1960. El Partido Liberal Democrático, creado en 1955, integró al gobierno exfuncionarios del régimen imperial. Antiguos oficiales del ultraderechista ejército imperial se integraron a la nueva policía. La agencia de inteligencia del nuevo estado japonés absorbió antiguos esbirros encargados de la represión. Las autoridades americanas y el nuevo gobierno colaboraron con sectores del crimen organizado (Yakuza) derechistas para suprimir uniones obreras y grupos izquierdistas. En la década de 1950, durante la lucha de independencia argelina, la CIA trabajó estrechamente con ultraderechistas franceses y la mafia de Córcega para asesinar dirigentes de izquierda en Argelia y Francia. En colaboración con la inteligencia americana, escuadrones de la muerte franceses, por ejemplo el grupo ‘La mano roja’ –que operaba al servicio de la inteligencia del estado francés–, colocaron explosivos y asesinaron favorecedores de la independencia de Argelia. En Vietnam la CIA intervino crecientemente después de la resonante derrota que el movimiento de liberación vietnamita le propinó al ejército francés en Dien Bien Fu en 1954, y colaboró con la inteligencia francesa. Estados Unidos lanzó sobre Vietnam más toneladas de explosivos de las que todas las partes lanzaron en la Segunda Guerra Mundial, y aplicó el napalm mucho más de lo que las potencias occidentales lo habían usado contra países de África, Asia y otras partes. Entre 1965 y 1972 la operación Fénix, de la CIA, llevó a cabo la ejecución, tortura e internamiento de decenas o cientos de miles de vietnamitas y la destrucción y quema masiva de comunidades y campos, todo lo cual supuestamente acabaría con la ‘infraestructrura’ en que se apoyaba el movimiento armado de liberación Viet Minh (luego Viet Cong). En Corea entre 1950 y 1953 los bombardeos yanquis incendiaron y literalmente arrasaron ciudades, pueblos y campos, especialmente en el norte, donde tenía más fuerza política el movimiento antimperialista. Algunos estimados indican que en el norte la agresión norteamericana exterminó de 12 a 15 por ciento de la población; otros estimados arrojan 20 por ciento.

Si añadiera los crímenes de tipo fascista que el imperialismo norteamericano ha cometido en el Caribe y América Latina, sin mencionar otras regiones, este artículo sería muchas veces más largo.

El autor es profesor jubilado de la Universidad de Puerto Rico.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 
     
 

Héctor Meléndez

 
     
     
 
 
     
     
     
 

*8 de junio de 2025*

 
     
     
 

El conservadorismo «revolucionario» de China

Por Héctor Meléndez | 31/05/2025 | Mundo
Fuentes: Rebelión


Es cada vez más pertinente estudiar la política y filosofía de China. La República Popular está dejando atrás tradiciones de pensamiento occidentalistas y eurocéntricas que han sido dominantes durante siglos. Su énfasis en lo ‘popular’ sugiere un distanciamiento de la insistencia en las contradicciones entre clases que la literatura marxista tradicionalmente ha hecho. También recuerda que en la sociedad contemporánea el ‘proletariado’ se ha hecho sociedad. Las crecientes relaciones entre trabajo, conocimiento, educación y desarrollo a través del tejido nacional confunden –según la visión china– los intereses del ‘proletariado’ con el pueblo y con una función dirigente del Estado que la revolución comunista ha permitido.

China tiene como filosofía fomentar la armonía entre todos los países; abandonar el camino de la lucha; ser pilar de paz y estabilidad; y nunca actuar como líder. Acepta ideas occidentales pero sin someterse a ellas. Busca la institucionalidad internacional y la cooperación mediante el mercado. La planificación estatal y el mercado bien pueden coexistir, son formas de regular las fuerzas económicas. Deng Xiaping, dirigente de la ‘reforma y apertura’ a partir de 1978, sostuvo: si un país del tamaño y magnitud de China optara por la guerra y el capitalismo, sería un desastre para la humanidad; si opta por la paz y el socialismo, contribuirá a un nuevo desarrollo mundial. La estrategia insiste en una economía de mercado socialista, la democracia socialista, una cultura socialista avanzada y moderna, el desarrollo de la persona, y la protección de la ecología.

El Partido Comunista de China sostiene que ha abandonado los ‘principios fijos’ y propone ‘aprender haciendo’, en la práctica. La propiedad colectiva es centro de su economía socialista de mercado, que ha hecho suyos factores del mercado y métodos que se tildaban de capitalistas. Su adhesión al socialismo y la paz impide a China explotar a otros pueblos. Su aplicación del marxismo es el socialismo con características chinas. No busca hegemonismo ni expansionismo, sostiene, sólo su soberanía y unificación nacional. Se abre a ideas y aportaciones de países occidentales así como de los países emergentes.

China todavía está saliendo de la pobreza. Es un país en desarrollo. Si puede dar alimento y abrigo a toda su población, una quinta parte de la humanidad, habrá hecho un aporte importante a la humanidad, han dicho sus líderes. Procura la paz mundial, la ‘cooperación internacional con diferencias’, la reducción de la brecha entre ricos y pobres en el país, y el desarrollo de todos los países. Importa capital, gestiona tecnología y promueve la integración económica nacional e internacional.

Insiste en la cooperación multipartidista bajo la dirección del Partido Comunista en el estado, las autonomías étnicas regionales, el autogobierno a los niveles primarios, y la hegemonía de la propiedad pública sobre otras formas de propiedad que existen en la nación. Ya que el crecimiento económico y el progreso social a menudo provocan, irónicamente, inestabilidad y desorden social, y un crecimiento veloz puede traer efectos contraproducentes, China avanza poco a poco y con seguridad: ‘cruza el río sintiendo las piedras bajo los pies’. Aplica su ‘poder duro’ en la prosperidad económica, la seguridad, la armonía social y la alta calidad ambiental. Su ‘poder blando’ consiste en mostrar con el ejemplo la superioridad de su sistema socialista, su humanismo, y una forma de vida social que sea motivo de disfrute y de placer.

La dirigencia china aprecia la cuestión que narraba el historiador antiguo Tucídides: el ascenso comercial, económico y militar de Atenas preocupó y alarmó tanto a Esparta, que ésta reaccionó provocando una cruenta y larga guerra –del Peloponeso– que perjudicó a ambos bandos. Beijing propone la cooperación en lugar de la pugna. Los acuerdos de su Iniciativa de la Franja y la Ruta, en que participan al menos 49 países, se basan en la cooperación y el beneficio mutuo. Incluyen inversiones, becas a estudiantes y apoyo a infraestructura en decenas de países en desarrollo. Parten del concepto chino de una economía mundial abierta e inclusiva, de comercio libre, flujo ordenado y eficiencia en la distribución. (Yuyan Zhang y W. Feng, El camino del desarrollo pacífico en China, Editorial Popular, Madrid, 2022.)

A fines de los 70, dirigido por el grupo de Deng, el Partido Comunista abandonó el ‘totalitarismo’ estatal de exclusiva planificación de la economía y repudió la Revolución Cultural de los años 60 y 70, sus ‘faltas de respeto a los intelectuales’ y su desenfreno hacia una radicalización absoluta, veloz y voluntarista del proceso social, que subestimaba la construcción y unificación de la nación y el desarrollo económico. China entonces asumió como prioridad el desarrollo de las fuerzas productivas como motor del socialismo. Es uno de los ‘tres beneficios’, junto a construir el poder del estado socialista y elevar el nivel de vida de las grandes mayorías.

China ha burlado la trampa de la división internacional del trabajo del sistema capitalista, en que los países pobres se quedan en una gama baja de la manufactura, ajenos a las tecnologías avanzadas, y son explotados por los países ricos. Aspira a una sociedad china ‘moderadamente próspera en todos los aspectos’, que camine hacia el socialismo en el siglo XXI. Su desarrollo ha de incluir la riqueza cultural de sus 5 mil años de historia, esto es, la ‘cultura tradicional’ de la nación. El rejuvenecimiento de la nación integra la cultura china antigua.

El partido ha retomado una idea que Mao Zedong formuló durante la lucha contra el colonialismo y el feudalismo: formar un partido antiguo y moderno, chino y extranjero, o sea, que se enriqueciese con las experiencias y contribuciones de los diversos pueblos y las literaturas e historias del presente y el pasado. El Libro de la historia, uno de los textos más antiguos de China, sostiene que ‘si los cimientos son sólidos, el estado gozará de paz’. Los comunistas chinos aprecian al pensador Confucio (del siglo 4 Antes de Nuestra Era), para quien ‘el pueblo es el agua y el monarca es el barco’ y ‘la misma agua que mantiene el barco a flote, puede hundirlo’. Confucio proponía armonía y prosperidad moderada y gradual, lo cual contraviene el ‘error’ de la Revolución Cultural de tomar como clave la lucha de clases.

El Partido Comunista debe ‘servir al pueblo’, una filosofía que en China es antigua. Conlleva un estatalismo al servicio de los trabajadores, campesinos y las mayorías, que coexiste con el ‘espíritu revolucionario’. El partido es indomable y no se deja intimidar, mientras asume el conservadorismo relativo implicado en ser gobierno, lo que puede traer, entre otros problemas, corrupción. Abraza la inclusividad, la apertura y la libertad educativa. Reitera la idea que defendieron Mao y Deng, de ‘la búsqueda de la verdad en los hechos’, es decir, fundarse en la experiencia y la práctica más que en cánones fijos. Su enfoque es ‘holístico’, integral, aprecia las determinaciones y contradicciones que conforman la totalidad. Incluye la necesidad de rectificar y abandonar vías equivocadas. Una visión realista reclama constante autoevaluación.

Son diversas las fases de la modernización. En 1980 China se propuso duplicar el Producto Interno Bruto (PIB) nacional durante la siguiente década y lograr que todos los ciudadanos tuviesen al menos vestido y alimento. En 1990 se propuso nuevamente duplicar en la siguiente década el PIB de ese año. Diez años después se propuso cuadruplicar el PIB en la década siguiente y llevar el país al nivel de los países moderadamente desarrollados, y consolidar esta modernización básica antes de seguir avanzando.

Desterrar la pobreza no será nada rápido. China aspira a una ‘prosperidad relativa’ y un ‘consumo moderado, en todos los renglones’. La proporción del PIB de China en el Producto Mundial Bruto (PMB) subió de 1.8 por ciento al comienzo de la ‘reforma y apertura’, en 1978, a 15.2 por ciento en 2017, una contribución de más de 30 por ciento al crecimiento económico mundial. China privilegia la innovación tecnológica y científica sobre la invención; mejorar contribuciones previas más que dedicarse a inventar. China es el fabricante más grande del mundo, el importador y exportador más grande, el segundo consumidor más grande y el segundo país receptor de capital extranjero. Su ‘revolución’ después de la reforma ha consistido en liberar el desarrollo de las fuerzas productivas. (Zheng Bijian, La cultura tradicional de China y el Partido Comunista de China, Editorial Popular, 2022.)

En 2017 la revista Time –del establishment estadounidense– informaba, refiriéndose a la Iniciativa de la Franja y la Ruta: ‘es una nueva versión de la antigua Ruta de la Seda, mediante un asombroso y ambicioso plan de construir una red de expresos, trenes y gasoductos que vincule Asia, Oriente Medio, Europa y el sur por vía de África. La “franja” económica terrestre lleva la carga desde Korgos (Kazakstán) a Eurasia. Una “ruta” marítima conecta las ciudades de la costa de China con una serie de puertos de África y el Mediterráneo. Cerca de novecientos proyectos independientes están en marcha a un costo de 900 mil millones de dólares, según el Banco de Desarrollo de China. Carreteras, ferrovías y gasoductos eventualmernte conectarán el puerto de hondo calado de Lamu, en Kenya, con el sur de Sudán y Etiopía, que no tienen salida al mar, y también cruzarán África desde Kenya hasta el puerto de Douala en Camerún. Un gasoducto de 7.3 mil millones de dólares llevará a China, desde Turkmenistán, 15 mil millones de metros cúbicos de gas anualmente. Desde que las hordas de Guengis Kan cabalgaron hacia el oeste en el siglo XIII no habían emanado de China tales imponentes ambiciones transnacionales, aunque en vez de cenizas y osamentas, esta vez los invasores planean dejar muelles, gasoductos y trenes de alta velocidad. “El intercambio reemplazará el distanciamiento, el aprendizaje mutuo sustituirá la hostilidad, y la coexistencia reemplazará las ínfulas de superioridad”, dijo Xi Jinping durante un foro sobre la Franja y la Ruta en mayo pasado en Beijing’. (Time, ‘Ports, Pipelines, and Geopoitics: China’s New Silk Road Is a Challenge for Washington’, 23 octubre 2017.)

En 1990 Deng Xiaoping sostenía: ‘Algunos países en desarrollo quisieran que China fuese líder del Tercer Mundo. Pero no podemos hacer eso, en lo absoluto; esta es una de nuestras políticas de estado básicas. No podemos darnos ese lujo y además no somos suficientemente fuertes. No hay nada que ganar jugando ese rol; más bien perderíamos mucha de nuestra iniciativa. China siempre estará del lado de los países del Tercer Mundo, pero nunca trataremos de impartir hegemonía sobre ellos o hacernos su dirigente. Pero no podemos estar sin hacer nada en las cuestiones internacionales; tenemos que contribuir. ¿De qué manera? Creo que debemos ayudar a promover el establecimiento de un nuevo orden político y económico internacional. No le tenemos miedo a nadie, pero tampoco debemos ofender a nadie.’

Añadía: ‘Debemos entender teóricamente que la diferencia entre capitalismo y socialismo no es de economía de mercado versus economía planificada. El socialismo se regula por medio del mercado, y el capitalismo se controla por medio de la planificación. ¿Creen que el capitalismo tiene libertad absoluta sin ningún control? El status de “nación más favorecida” es también una forma de control. No hay que pensar que si tenemos alguna economía de mercado estamos tomando el camino capitalista. Eso simplemente no es cierto. Son necesarias la economía planificada y la economía de mercado. Si no tuviéramos economía de mercado no tendríamos acceso a información de otros países, y tendríamos que resignarnos a quedar rezagados. No tengamos miedo a tomar nuevos riesgos. Hasta ahora hemos desarrollado la capacidad de correr riesgos. ¿Por qué pudimos controlar la inflación tan rápido, sin que se afectara el mercado o la divisa? Porque hemos estado llevando a cabo la reforma y apertura durante once o doce años. En la medida en que avancemos en la reforma y nos abramos más al resto del mundo, estaremos en mejores condiciones de abordar los problemas cuando surjan. No tengamos miedo a correr riesgos; no se puede lograr nada sin correr algunos riesgos’. (‘Seize the Opportunity to Develop the Economy’, 24 diciembre 1990, The Selected Works of Deng Xiaoping; Modern-Day Contributions to Marxism-Leninism, Vol 3 (1982-1992), Beijing.)

El autor es profesor jubilado de la Universidad de Puerto Rico.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 

Héctor Meléndez

 
     
     
 
 
     
     
 

*1 de junio de 2025*

 
     
     
 

China: socialismo de mercado

Por Héctor Meléndez | 24/05/2025 | Economía
Fuentes: Rebelión



Al menos desde 1500 China fue la economía más productiva y avanzada del mundo, según Angus Maddison, de la OECD.

No es extraño entre estudiosos suponer que lo fue también desde el siglo X, o antes. (Todo lo cual subraya que el mercado mundial existe desde hace miles de años y no desde el siglo XV como suelen narrar literaturas occidentales. En 1430 China realizó su última expedición comercial precolombina a Suramérica, encabezada por el almirante Zheng He.) La economía de India seguía de cerca la china, y la superó en 1700 por breve periodo. En el siglo XIX las potencias occidentales colonizaron a China en una medida importante y la destruyeron política y económicamente, sobre todo Inglaterra en la década de 1840 con las ‘guerras del opio’.

En 1890 Estados Unidos ocupó el primer lugar en Producto Interno Bruto (PIB); India el segundo, China el tercero. A pesar de todo la economía china se acercaba a las de Alemania, Reino Unido e India. En 1980 Estados Unidos estaba en primer lugar seguido de Japón, Alemania, Italia y Francia. India iba en noveno lugar. Recién integrada al mercado mundial, la República Popular de China empezaba su reforma y reorganización socioeconómica. En 2010 el ascenso veloz de China era obvio. Seguía a Estados Unidos; India estaba en tercer lugar. En 2014 China sobrepasó a Estados Unidos –según el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial– en PIB (ajustado al poder adquisitivo).

La reforma que el Partido Comunista empezó a fines de los 70 señaló el desarrollo progresivo de las fuerzas productivas, en lugar de la lucha de clases, como motor del cambio social. El nuevo grupo dirigente denunció la ‘Revolución Cultural’, esto es, las movilizaciones populares, mayormente de estudiantes y jóvenes, que se desataron por varios años desde 1966 –apoyadas aunque no controladas por Mao Zedong, Zhou Enlai y otros líderes– exigiendo más radicalización socialista y condenando, incluso con violencia y coerción física, grupos e individuos presuntamente privilegiados, poderosos o ‘aburguesados’. Con sus extremismos y excesos, y un caos que amenazó con desintegrar el estado, la Revolución Cultural mostró tradiciones chinas de cuestionamiento y rebelión ante las autoridades, y que la participación política popular radical y espontánea era parte del socialismo chino.

La reforma de fines que inició en 1978 fue parte de la búsqueda de métodos para aplicar el marxismo en China. Evolucionó en direcciones inéditas y avenidas nuevas a escala global. La estrategia china une: i) la construcción nacional, ii) el desarrollo económico (de un país emergente, excolonial y pobre) y iii) el objetivo socialista. La política oficial denunció proyectos que Mao –fallecido en 1976– había auspiciado, también buscando rutas acertadas, de veloz estatalización ‘totalitaria’ de la economía, en parte inspirados en los de Stalin en la Unión Soviética. Fue especialmente objeto de crítica el ‘Gran Salto Adelante’, que entre 1958 y 1962 intentó aumentar la productividad mediante industrialización a todo tren y colectivización agrícola, y culminó en un desastre que incluyó hambrunas con alta cantidad de muertos en algunas áreas. El volumen del desastre, sin embargo, sigue siendo motivo de controversia; a menudo se suponen conclusiones y datos con fundamentos insuficientes. La controversia ha estado impactada por propaganda occidental que simplifica la crisis del Gran Salto y tergiversa sus efectos, impidiendo análisis objetivos; y por la evaluación, posiblemente sesgada e interesada, que de esa experiencia hizo el grupo que sustituyó a Mao en la dirección del partido. Deng Xiaoping, formulador y teórico de la ‘reforma y apertura’ de 1978, ha sido representante principal –político e intelectual– del impresionante ascenso de China desde fines del siglo XX.

Los medios de difusión y literaturas del Partido Comunista destacan los iconos –para significar sus contribuciones– de Marx, Engels, Lenin, Stalin, Mao, Deng y Xi Jinping. A la vez reconocen las contradicciones y debates en la colectividad a lo largo de su historia. Xi ha desarrollado ideas de Deng del socialismo de mercado combinado con planificación estatal, donde operan empresas privadas, cooperativas y otras, y las del estado dominan. Deng advirtió que economía planificada no tiene que significar socialismo, ni economía de mercado tiene que significar capitalismo: puede haber economía socialista de mercado. Un ‘socialismo con características chinas’ respondería a la historia y cultura chinas y a la enorme población, territorio y productividad de China y su potencial comercial, político y de influencia moral e intelectual en el mundo. Xi ha formulado sus conceptos propios, integrado contribuciones anteriores, y dado impulso al meteórico ascenso chino.

La perspectiva china del desarrollo de las fuerzas productivas como motor del socialismo y la revolución recuerda la tensión entre los énfasis que hace Marx, unas veces en las fuerzas productivas y otras en la lucha de clases, como el motor que transforma las relaciones de producción, es decir, las relaciones políticas, de clases, poder y propiedad.

Cheng Enfu y D. Xiaopin indican que la visión económica china incluye:

A) Sostenibilidad económica mediante expansión de la ciencia y la tecnología; éstas son dirigidas a mejorar la calidad social, la eficiencia, y la protección del ambiente. Incluye protección de los derechos de propiedad intelectual, esencial para el comercio internacional y las exportaciones, por ejemplo de producciones electrónicas y digitales;

B) La producción persigue elevar la calidad de vida del pueblo. La plusvalía se dirige a producir más y mejores valores de uso para el pueblo. El ‘desarrollo’ consiste en elevar la calidad cultural y material de la vida popular, un proceso continuo;

C) En los derechos de propiedad tiene siempre prioridad la propiedad pública. Hay diversidad de propiedad privada, pero los capitales nacionales y extranjeros operan bajo la primacía de la propiedad y economía públicas. El carácter mixto de la economía no ha de lesionar la preminencia de las empresas del estado. El gobierno controla y regula los negocios privados, incluso para garantizar que los trabajadores puedan tener acciones, y atajar la corrupción;

D) En la distribución de la riqueza tiene primacía el trabajo (no el capital). Guían la distribución de la riqueza la reproducción y mejoramiento de las condiciones de los trabajadores. Regularmente hay aumentos de salarios, y los recursos sociales se asignan según las necesidades de la prosperidad colectiva. El estado lucha persistentemente por reducir la desigualdad, la polarización socioeconómica y la brecha entre ricos y pobres. Esta lucha constante no elimina todavía la gran desigualdad en China relativa a la acumulación privada de riqueza y los valores netos por familia, que coexiste con condiciones progresistas del pueblo trabajador y con los salarios formal y social; es un tema de controversia;

E) El estado conduce el mercado, no al revés, y regula la economía en lo legal, fiscal, administrativo y ético;

F) Combinación de desarrollo acelerado y alto rendimiento. Se prioriza la calidad sobre la rapidez. La producción debe transitar de una extensa de rápido crecimiento a una intensiva de alta calidad. El estado procura un balance adecuado entre la producción social y la demanda, en un desarrollo para toda la nación, no meramente algunos sectores de ella. Persigue una distribución estructurada, a través de las diversas industrias y sectores, de fuerza de trabajo, recursos, herramientas, materiales, etc.; y que la manufactura vaya de un nivel bajo-medio a un nivel medio-alto. Destaca la producción de alta tecnología y la atención a la ecología;

G) Soberanía económica y a la vez apertura, notablemente a empresas privadas extranjeras. En su relación con estas últimas el estado controla y regula las acciones, tecnologías, principios y estándares tecnológicos, y las marcas. Es una apertura a contribuciones tecnológicas, científicas e intelectuales de países occidentales, así como de las otras regiones. La Iniciativa de la Franja y la Ruta es un proyecto de inversiones internacionales de gran envergadura que viene produciendo una nueva arquitectura financiera mundial y una nueva institucionalidad de regulación financiera internacional.

Justin Yifu Lin, decano honorario de la Escuela de Desarrollo de la Universidad de Beijing y execonomista del Banco Mundial, señaló en 2020 que las fuerzas del crecimiento económico de China serán cada vez más el consumo doméstico y las inversiones; el mercado doméstico deberá cultivarse más efectivamente, para desatar el gran potencial que el país tiene para un crecimiento de alta calidad. Es inevitable el cambio de una economía orientada a la exportación a una dirigida al consumo nacional y la inversión, ya que están creciendo los ingresos familiares y el sector de servicios. La proporción de exportaciones en el PIB de China bajó de 35 por ciento en 2006 a 17 por ciento en 2019. Es inevitable que China concentre su economía en su inmenso mercado doméstico, dado el aumento en el ingreso familiar, aunque las exportaciones seguirán siendo importantes, dijo. China seguirá usando las ventajas de su competitividad en el mercado global y abriéndose a compañías extranjeras para proveer al mercado nacional productos de alta calidad a bajo costo.

En mensaje ante el Comité Central del Partido Comunista en 2022, Xi subrayó que el capital es factor importante en la economía de mercado socialista y llamó a ‘regular y guiar un desarrollo saludable del capital, de acuerdo a la ley’. Debemos, declaró, profundizar nuestra comprensión de los diferentes tipos de capital y los roles que juegan, y regularlos y guiarlos para un desarrollo efectivo, e impulsar la función positiva del capital como factor importante de la producción. El Partido Comunista, añadió, promueve los principios básicos del marxismo a la vez que explora políticas para regular y conducir el capital de acuerdo a las condiciones actuales y el desarrollo de China.

Desde fines de los 70, con la ‘reforma y apertura’, el país se ha sacudido de las constricciones de una mentalidad obsoleta en la cuestión de la propiedad, y usa el capital como herramienta para colocar recursos del mercado y como medio de desarrollo económico. Un país socialista puede usar varios tipos de capital para promover el desarrollo socioeconómico. En China la propiedad pública es pilar principal y diversas formas de propiedad se desarrollan en conjunto. En su sistema de distribución de los ingresos, la distribución de acuerdo al trabajo es el pilar principal y otras formas de distribución de ingreso coexisten junto a ella. China tiene un compromiso irrenunciable con la consolidación y desarrollo del sector público, a la vez que estimula, apoya y guía el sector no público. Hemos profundizado la reforma en todos los aspectos –dijo–; dejado que el mercado cumpla el rol decisivo en la ubicación de recursos mientras el gobierno cumple el suyo; y creado un ambiente de mercado y derecho favorable para el desarrollo de todos los tipos de capital. Hemos tomado acciones vigorosas contra tendencias monopolistas, atajado expansiones desordenadas del capital, tomado medidas preventivas contra riesgos, y garantizado una competencia de mercado justa. Hemos dado atención a prevenir y neutralizar riesgos financieros, revirtiendo tendencias a que el capital se salga de la economía real, y abordado riesgos que surgen de burbujas y activos morosos. China procura una economía abierta con altos estándares, donde el mercado nacional es el principal y mantiene correspondencia con el mercado externo, apoyándose mutuamente. Durante más de cuarenta años, el capital, junto a otros factores de producción como el trabajo, la tierra, la tecnología y la data, ha contribuido al desarrollo y prosperidad de nuestra economía socialista de mercado, sostuvo.

Héctor Meléndez es profesor jubilado de la Universidad de Puerto Rico

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 
     
 

Héctor Meléndez

 
     
     
 
 
     
     
 

*25 de mayo de 2025*

 
     
     
 

Trump en el fiasco histórico estadounidense

Por Héctor Meléndez | 14/04/2025 | EE.UU.
Fuentes: Rebelión



El presidente Trump protagoniza un drama excitante, cuya intensidad consiste en una lastimosa confusión entre ascenso y descenso, optimismo y pesimismo. Significa la sospecha creciente de que Estados Unidos ha sido un gran fiasco. Clases altas y bajas, medias e ilustradas, burgueses y proletarios, han depositado en la presunta democracia americana una esperanza religiosa, pero el país ha sido un centro internacional de actividad imperialista y financiera que simula una república nacional. Construido ‘sobre arena’ y no ‘sobre piedra’, su decadencia está en evidencia desde el siglo XX.

Ahora está la deuda de 36 trillones de dólares que nuestro héroe trata de enfrentar con recortes presupuestarios antipopulares y reduciendo la actividad internacional. Debe atajar el déficit comercial (Estados Unidos compra al extranjero muchos más bienes y servicios de los que importa), la economía informal –como corresponde a cualquier estado-nación burgués moderno– y de trabajo barato, representada en la inmigración constante de ‘ilegales’, y los gastos federales. Desde luego, a costa de los pobres. Las sorpresas por la insensibilidad social de Trump sugieren ingenuidad, como si los presidentes estadounidenses debieran ser socialistas o algo así. La reorganización económica –sea exitosa o no– la pagan especialmente los pobres, asalariados y comunidades étnicas subordinadas. Siempre ha sido así, y lo que procede es organizarse como clase en lugar de lamentarse y asustarse.

Asimismo, la indignación porque Trump es racista y sexista sugiere un olvido de que también lo han sido legiones de políticos, burócratas y ricachones norteamericanos, y esa sociedad en su conjunto. Los comentarios ingenuos de que el imperialismo ‘regresa’ ignoran lo que el país ha sido por doscientos años. Sin embargo, la indecente participación del gobierno de Trump en el genocidio israelí, su advertencia de bombardear Irán y sus exclamaciones anti-diplomáticas sobre Groenlandia, el Canal de Panamá y Canadá, parecen llamar la clase dirigente a considerar cómo dominar partes del mundo donde todavía pueda hacerlo, dada su disminución. Delata una nostalgia por el pasado, si bien el imperialismo herido de muerte podría ser más virulento. A la vez, reduce recursos a entidades de intervención en otras naciones como la CIA, USAID, National Endowment for Democracy, Radio Free Europe y el Pentágono.

Una búsqueda íntima o ‘soul searching’ estadounidense se deja ver en la consigna electoral de ‘Make America Great Again’, pues indica que en verdad Estados Unidos no es grande. Su crisis estuvo siempre ahí, y lo sorprendente es que tantos creyéramos por tanto tiempo que era cierto que dominaba al mundo. El imperialismo norteamericano está condenado desde la Revolución Bolchevique, la victoria soviética sobre Alemania nazi, la Revolución China, y el cambio del mundo que empezaron los países subordinados después de la Segunda Guerra Mundial. Es parte del declive de Occidente, donde la vida personal y social está esclavizada por el dinero más que antes, desde el neoliberalismo y la ‘economía de servicios’. En Europa occidental el deterioro de las sociedades se dramatiza con la pobreza, la represión política y racista, la escasa legitimidad del estado y su sumisión colonial a Estados Unidos. Su democracia multipartidista y parlamentaria es un simulacro, ya que el poder se ha concentrado en la Unión Europea. Habrá que ver si la Unión Europea sobrevive a las corrientes proteccionistas y ‘nacionalistas’ que, azuzadas por el trumpismo, cuestionan que deba seguir existiendo.

Mientras países emergentes forman rutas de desarrollo a base de su trabajo y creatividad nacional, combinando culturas autóctonas y propiedad privada, estatal y cooperativa, Estados Unidos ha ido de desastre en desastre. Su economía es guerrerista y los monopolios, al hacerse transnacionales, han redoblado la opresión sobre el pueblo norteamericano. Incluso en el periodo dorado de su economía, las décadas de 1950 y 60, abundaron las protestas y motines –verdaderas rebeliones populares contestadas con dura violencia policiaca– y las movilizaciones de afroamericanos, puertorriqueños, mexicanos, sindicatos, iglesias y estudiantes contra la pobreza y la guerra. Los asesinatos de políticos que se resistían al guerrerismo imperialista incluyeron un presidente (el tercero en la historia nacional).

Repulsivo y brusco –según la imagen que nos llega–, Trump se creyó el Mito del Presidente de Estados Unidos, que a través del mundo se ha considerado una especie de rey del planeta. Pero las instituciones de Washington son una construcción ideológica que viene desmoronándose por ejemplo con series televisivas de internet. ‘House of Cards’ narra irónica y crudamente la ritualidad falsa de las instituciones de gobierno, sus miserias intelectuales y morales, y su criminalidad secreta. ‘Succession’ retrata la incapacidad total de lo que sería la clase dirigente, cuyos personajes billonarios están impedidos siquiera de hablar o expresar un razonamiento y se hunden en su propia incultura y en tragicómicos torbellinos de perdición psicológica y ética; recuerdan la divertida síntesis de vulgaridad y persona billonaria en Trump, Musk y demás cuates magnates.

Esta administración ha aparecido en un punto extremo de la degradación intelectual norteamericana, desde el sistema escolar hasta altos funcionarios congresionales, judiciales y ejecutivos. La catástrofe intelectual es parte de la holgazanería implicada en una economía que se supone eternamente rica, y regida por las finanzas en lugar del trabajo y la producción. En Washington la corrupción siempre ha sido grande, pero antes se disimulaba con elegancia y educación formal.

El Hombre Naranja tiene el mérito de reconocer la caída en picada de Estados Unidos; en esto supera sus predecesores, incluido Obama, en quien el mito de justicia racial depositó tanta esperanza, como si la raza encarnara cualidades políticas. Ya que Trump nació un bebé millonario, cree que las cosas ocurren según el antojo personal. Poco diestro en leer y estudiar, ignora que aunque represente los intereses de la clase, y los defienda mejor que otros, un político necesita estar unido orgánicamente a su clase, pues la política difícilmente trata de individuos que actúan por su cuenta. Tiene en contra a buena parte de la clase dirigente y de las clases populares, y los medios de difusión principales. Hijo de esta época de crisis occidental del habla, de la conversación y del convencimiento, apenas explica sus decisiones o las circunstancias a que obedecen.

No es imposible que en 2020 el ‘Deep State’ (o aparato secreto) haya organizado un fraude electoral en su contra. No debería sorprender, habida cuenta de las intervenciones en otros países. El Establishment le tiró con casi todo, pero Trump se apoyó en masas populares, empresarios en dificultades y trabajadores empobrecidos por la desindustrialización que desde los 70 nuevas tendencias de la clase dominante impusieron, y la crisis de la agricultura, asociada a las deudas que estrangulan la pequeña empresa. Por su gran ímpetu empresarista y billonario –se le ha llamado egocéntrico– pudo prevalecer sobre los círculos de poder, los medios de comunicación y el aparato estratégico que supervisa tras bastidores las perspectivas de largo plazo de las fuerzas armadas, recursos naturales, inteligencia, tecnología y finanzas.

Ha sido una revolución relativa. El movimiento trumpista impuso sobre las resistencias del Establishment una visión realista de la situación de la misma clase dominante. Dejó ver que los partidos Demócrata y Republicano viven un mundo de fantasía e ignoran cómo enfrentar la triste realidad. (El énfasis Republicano en la lucha competitiva del mercado como vía de prosperidad, y en mayor autonomía para los cincuenta ‘estados’, tiene al menos alguna lógica, mientras los Demócratas carecen de propuesta, como si se hubiesen adormecido sobre el lecho de dinero del entramado imperialista con que urdieron un clientelismo paternalista de fondos federales durante generaciones.)

El ‘proletariado’ que dio impulso electoral a Trump, y acaso se identifica con JD Vance, denunciaba en sus marchas y protestas callejeras a las ‘élites globalistas’ –las grandes fortunas concentradas en las costas este y oeste–, la corrupción de Wall Street y Washington, y el historial de la gran prensa, de desinformación y encubrimiento, a la cual ve como cómplice de crímenes alrededor del mundo. Investigaciones independientes y la diversidad informativa de internet han contribuido a las sospechas del sector secreto –que nadie elige– del estado norteamericano en la muerte de los Kennedy, Martin Luther King y numerosos luchadores; las guerras de Corea, Vietnam, Irak, Afganistán y Siria; las agresiones contra Cuba y otros pueblos latinoamericanos; diversos golpes de estado y ‘cambios de régimen’; y las provocaciones contra Rusia.

El uso astuto de los medios digitales, se dice, produjo la victoria de Trump y su conexión con gente joven crítica o indiferente respecto a medios del Establishment que han sido puntos de referencia como The New York Times, Associated Press, los grandes diarios y cadenas, CNN, las televisoras más poderosas. A la vez la cultura digital expande el fenómeno de la sociedad del espectáculo, en que la imagen opaca la información y ésta se ‘resume’ en partículas ínfimas. Un fetichismo ignora los procesos sociales y la historia, y celebra la ‘preferencia’ y la sumisión de la mente al comercio. Se verifica una degradación intelectual del país norteamericano –que se evidencia en su política, y no sólo la de Trump– en relación a lo que había sido el pensamiento ilustrado a que la educación aspiraba.

Quizá más en la cultura anglosajona, la internet –y las nuevas adaptaciones del sistema neuromuscular a las máquinas digitales y a esa prótesis que es el teléfono celular– contribuye a una percepción de que las narraciones, imágenes, entretenimientos, representaciones y espectáculos son la realidad, aunque a menudo sean un escape de ésta. No es nueva la inclinación occidental a suponer que la subjetividad determina la realidad y el poder. Dígase si se quiere que estas inclinaciones se remiten a literaturas antiguas o han contribuido a ricas reflexiones sobre la relación entre lenguaje, psiquis, cultura, etc.; en el contexto norteamericano han significado banalidad e incoherencia, cosas que han ayudado al showman Trump y a lo que parece un gradual derrumbe de la institucionalidad.

Trump persigue revertir la desindustrialización y traer el capital al suelo nacional en lugar de buscar mercados en otros países, esto es, una revisión del rasgo típico del imperialismo moderno, la exportación de capital. No será fácil, sin embargo, despegar las inversiones norteamericanas de las producciones y negocios sobre todo en Europa, Japón y las Américas, y de las inversiones de estas regiones en Estados Unidos. Una unidad orgánica transnacional se ha formado en estos decenios cementada por la banca y el comercio, más aún después de que la revolución informática y digital ha anulado el espacio y el tiempo, por así decir, en las transacciones financieras.

La coerción imperialista de países, la guerra, la deuda propia y ajena y la economía ficticia han terminado oprimiendo la nación norteamericana. Urge un cambio de prioridades de la gran banca, cuyo dinero permite los generosos subsidios del gobierno, para renovar la producción y la identidad industriosa del propio país. Pero en Estados Unidos el gobierno debe someterse al capital, o en todo caso incentivarlo con enormes dineros. Queda por ver cómo una clase dominante dividida y bastante desarticulada ejercerá hegemonia sobre los grandes bancos y corporaciones.

No es imposible que los aranceles y los incentivos al capital para que opere en el país mejoren la balanza comercial y aumenten la tasa de participación laboral y la manufactura. Pero el ruido que produce la lucha sectaria entre los irritados bandos en contra y a favor del trumpismo –a veces se alude a una potencial ‘guerra civil’– dificulta una mirada objetiva del esfuerzo estadounidense para salir de la crisis. Sustituir la guerra con guerra comercial implicaría una admisión de que Estados Unidos ha de competir como los demás países en el mercado mundial, si bien con recursos que le dan grandes ventajas.

Trump llena un vacío de liderato. Aunque revalide en 2028 seguramente su popularidad disminuirá y eventualmente podrá sucumbir ante nuevas crisis, como tantos otros.

Serena y sosegada, desde Asia oriental la República Popular de China observa este espectáculo histórico la mar de interesante. Su prudencia bien puede representar que la humanidad tiene en el Oriente, sobre todo el Lejano, su parte más civilizada, experimentada y sabia, y en Occidente, sobre todo en el extremo americano, su parte más ruda, infantil y violenta. Los países del Sur global, Rusia y China avanzan mientras la alianza imperialista occidental de siglos entre Estados Unidos y Europa se deshace asombrosamente. Rusia derrota el cerco que la OTAN intentó montarle en Ucrania. Ni el grupo de Trump ni otros en su clase parecen tener idea de que el imperialismo norteamericano viene siendo derrotado por los pueblos. No sabe cómo todavía, pero Estados Unidos deberá atenerse a su dimensión nacional y aprender a vivir de su propio trabajo.

(El autor es profesor jubilado de la Universidad de Puerto Rico.)

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 
     
 

Héctor Meléndez

 
     
     
 
 
     
     
 

*28 de abril de 2025*

 
     
     
 

Los aranceles, una apuesta arriesgada

Por Héctor Meléndez | 28/04/2025 | Economía, EE.UU.
Fuentes: Rebelión


La prensa en general y la del «establishment» en particular que se ha consolidado y beneficiado durante décadas con el orden económico que quizá pronto se deje atrás tilda de «loco» a Trump.

Hay una tensión en las críticas a la actual política de comercio internacional norteamericana, pues por un lado se le llama errática y por otro se admite que los aranceles podrían ser acertados. Hasta se tilda de psicopática, pues el nuevo balance surgiría de la crisis y la convulsión. Las tarifas arremeten brutalmente contra otros países; en algunos casos se han aminorado los golpes para forzarlos a negociar en los términos estadounidenses. Trump representa un sector de la clase dominante, pero impone su voluntad e iniciativa personales e ‘intuición’ de capitalista billonario. Interpretaciones de que es «dictador» y «loco» circulan sobre todo en la prensa de un establishment que se ha consolidado y beneficiado durante décadas en el orden económico que quizá pronto se deje atrás.

Trump busca recomponer la economía norteamericana, que bien podría estar abocada a un enorme desastre, y reposicionar a Estados Unidos ante el ascenso de fuerzas rivales aprovechando sus ventajas como país imperialista. Los aranceles persiguen estimular la manufactura nacional y reducir la dependencia del crédito externo, del cual acreedores principales son Japón, Gran Bretaña y China. Otro problema urgente es el déficit comercial. Los aranceles que buscan disminuirlo favorecerían un mundo multipolar –seguramente con esferas de influencia– pero uno en que disminuya el avance de China y BRICS. Este proteccionismo persigue mayor autonomía estadounidense y un fondo que permita controlar la inflación y hacer inversiones en tecnologías digitales y de punta. Ayudarían a que se ofrezcan más mercancías norteamericanas en los demás países.

El dólar, divisa global de reserva todavía, ha presidido el sistema que permitió al imperialismo norteamericano, curiosamente, ser más importador que exportador de capitales y mercancías. El poder del dólar permite a los estadounidenses consumir e invertir en vez de ahorrar, y facilita préstamos con intereses bajos. Aprovechar y mantener el status dominante del dólar es más factible protegiendo y aumentando la producción nacional. Los aranceles retan el globalismo, la Organización Mundial de Comercio (OMC), y a China y BRICS.

Los aranceles son una apuesta arriesgada, aunque fueron desde el siglo XIX hasta la primera mitad del XX una política estadounidense que permitió acumular considerable renta. Ayudarían a negociar con otros, o amenazarlos o castigarlos. Trump alegó que poco después de anunciarlos, setenta y cinco países se comunicaron para negociar. Se verá si realmente harán concesiones y, si no, cómo el presidente lo disimulará en el teatro político.

Claro está, los aranceles podrán conllevar alteraciones drásticas y riesgosas de las cadenas de suministros internacionales, como advierte el gobierno chino, y desatar una inflación que sea demasiado difícil detener. Además agreden a los países más económicamente débiles, de cuyas desventajas se nutrirán los beneficios estadounidenses. Al menos veinte naciones africanas han sido objeto de altísimas tarifas. Si persisten, las tarifas empujarán a muchos países a competir duramente y desarrollarse lo más rápido posible. Notablemente respecto a Europa, Canadá y México, sirven como arma para negociar y persuadirlos de que les beneficiaría integrarse a una estrategia comercial estadounidense contra China.

Los aranceles invitan al escepticismo, si bien esto podría decirse de cualquier política que Washington intente en esta fase de su decadencia. Si los precios de bienes de consumo en Estados Unidos subiesen demasiado, y se intensificaran el descontento político y la oposición, Trump necesitará no sólo intimidar mediáticamente –su ceño fruncido es siempre amenazante; nunca se ríe– sino dar aliento a las masas que lo celebran y se someten a su carisma. Los costos y precios disminuirán en años próximos y progresivamente a mediano y largo plazo, sostiene el gobierno, pues cada vez más las mercancías serían producidas en el propio país. Estados Unidos compra de otros un gran volumen de producciones que podrían hacerse en el país.

En Imperialism in the 21st Century (2016), John Smith señala que las clases populares de los países imperialistas gozan de precios bajos en bienes de consumo por los bajos costos de operaciones de las corporaciones occidentales en naciones subordinadas (salarios bajísimos, subcontratación de empresas locales, reglamentaciones débiles, incentivos, formas variadas de inversión del capital). El consenso político que emana de la vida relativamente cómoda en Estados Unidos, versus muchos países pobres, seguramente se reducirá si los precios suben demasiado y por demasiado tiempo, si bien en los países ricos el descontento social se mantiene controlado y generalmente dista de ser un peligro real para el estado. Por su parte, Trump afirma que la protección arancelaria generará abundante riqueza, incluso para que potencialmente se hagan innecesarias las contribuciones sobre ingresos.

Si tienen éxito, los aranceles cambiarían un sistema que ha durado varias generaciones. El déficit comercial estadounidense, alto desde los años 70, ascendió a 130 billones en enero de 2025. Estados Unidos es destino de exportaciones de decenas de naciones, y éstas dependen mucho más de los consumidores estadounidenses de lo que Estados Unidos depende de los mercados de esos países. La sociedad norteamericana compra en dólares las mercancías extranjeras, y así el dólar se ha integrado a las demás economías. Son en dólares las inversiones comerciales y financieras de los otros países en Estados Unidos. Empresas estadounidenses hacen jugosas ganancias con sus producciones en países que ofrecen costos bajos. La ‘globalización’ de todo este dinero beneficia la banca estadounidense, mientras la producción industrial y agrícola en Estados Unidos se ha reducido. La gigantesca deuda pública –36 trillones– ha crecido en parte por financiar la compra de mercancías extranjeras que el país importa. La importación masiva, la deuda, el imperio del dólar y el ‘gobierno grande’ con fondos federales se han acompañado de desindustrialización en función de una economía de servicios. Préstamos e inversiones financieras alimentan costosas guerras y actividades imperialistas alrededor del mundo. Trump busca estimular la producción nacional a la vez de preservar el poder del dólar.

Los países euroccidentales, subordinados al imperialismo norteamericano al menos desde la década de 1940, naturalmente se han alarmado por el brutal e inesperado golpe trumpista a un sistema en que florecieron (con deuda) sus riquezas. Una vez asimilada la amarga sorpresa, se disponen a hacerse también proteccionistas y hacer más agresiva su competencia, ya por medio de la Unión Europea (UE), ya individualmente. Gran Bretaña, que siempre ha procurado recursos naturales estratégicos, codicia tierras raras y minerales raros. Aparentemente Zelensky se envalentonó ante Trump y Vance, en la famosa discusión acalorada en Casa Blanca frente a los periodistas en marzo, porque poco antes había hecho un trato tras bastidores con Londres para la concesión de minerales de Ucrania, como parte de un acuerdo de cooperación por cien años.

Las tarifas fragmentan la ‘tríada imperialista’ –que indica Samir Amin– de Estados Unidos, Europa y Japón. Han producido un sorpresivo distanciamiento entre Washington y la UE y Gran Bretaña (su salida de la UE en 2017 pasa ahora a segundo plano). En otros países europeos se oyen malestares con la UE y cuestionamientos de su sentido. Algunos estados europeos lanzan más iniciativas propias de estrategias y negocios, y los más poderosos recurren a sus viejos acervos políticos, económicos, culturales y diplomáticos.

Es probable que la estrategia de Trump sucumba a numerosos obstáculos, pero no debe dársele rienda suelta a algún optimismo izquierdista que asegure una marcha indetenible y unilineal del Sur global, China y Rusia, y un descenso veloz de Estados Unidos. Con los aranceles Trump ataca y sabotea los esfuerzos de China y otros países emergentes para lograr un orden que proteja el trabajoso desarrollo económico de la gran mayoría de naciones. Algunos países pobres habrían invertido gran esfuerzo en ajustarse a un sistema que ahora se cambia súbitamente. Sus dificultades podrán acercarlos más a las proposiciones chinas de apoyo a creación de infraestructura y cooperación internacional, pero también podrían sumirlos en mayor pobreza y desesperanza. Podrían renovar su dependencia de ofertas crediticias y capital del imperialismo occidental, e incluso regresar a un triste estancamiento de su construcción nacional. Después de todo Washington nunca se ha inhibido de beneficiarse del caos, la miseria y el atraso de otros. Ahora esta política exterior confirmaría la inclinación incompasiva y moralmente indiferente que suele mostrar la persona del presidente.

Washington sabe que difícilmente puede infligir daños cruciales a China, pero podría asestar golpes a las pacientes estrategias chinas de fortalecer instituciones internacionales de cooperación, derecho y mercado (como la OMC), y de apoyar países pobres y excoloniales con crédito cooperativo.

Las protestas de Beijing porque las tarifas desorganizan el orden institucional global y podrán empeorar la condición de numerosos países, también obedecen al golpe que Washington propina a la propia China y sus estrategias. Pero sus llamados éticos a que Estados Unidos se comporte como es debido resultan limitados respecto a lo que ha sido y es el imperialismo en general, y el norteamericano en particular. Como China evade en sus comunicaciones internacionales el concepto del imperialismo, incluso del capitalismo, sacando del primer plano el marxismo y leninismo de sus documentos nacionales, sus quejas por las injusticias de la competencia del mercado capitalista parecen ingenuas.

Adviértase que un sector de la clase imperialista puede ahora denunciar abiertamente a otro sector de la misma clase, y criticar el propio sistema norteamericano de casi 80 años, porque el socialismo ha desaparecido como movimiento principal que pueda colocarse a la ofensiva. La amenaza comunista, esto es, de movimientos obreros, populares y campesinos con vocación de poder político y armados con teorías y prácticas revolucionarias, es la gran ausente del presente drama, al menos en términos generales.

Trump desafía las burguesías de otros países porque las supone, con razón, oportunistas, políticamente ineptas e intelectualmente holgazanas. Debe creer que su concepto podrá imponerse fácilmente sobre tanta mediocridad, y en el mercado internacional, si su bando lo postula resuelta y agresivamente. Apuesta a que el capital estadounidense, con una dirección vigorosa como la que supuestamente ejercen sus proclamas, prevalecerá de un modo nuevo sobre la mentalidad decadente y dependiente, incluso neocolonial, de clases dirigentes de Europa y otras partes. Apuesta a la tradición norteamericana de industria, ciencia, tecnología y comercio. Supone que con sus aranceles muchos países pobres entrarán en crisis y desorientación, se inclinarán hacia un oportunismo conservador, y sentirán utópicas las ideas de abandonar el dólar y de un movimiento de mercados del Sur global alternativos a Occidente y Estados Unidos.

La visión trumpista luce utópica también. Será difícil deshacer un sistema internacional de comercio y relaciones monetarias que lleva generaciones y se corresponde con una forma de gobierno y sociedad en Estados Unidos fundada en los vastos dineros que ese sistema genera. Sobre todo desde los años 80 son transnacionales numerosos procesos de producción y cadenas de suministro, además de intercambios culturales, financieros, civiles y comerciales que las tecnologías digitales hacen más estrechos cada día.

Sin ‘partido revolucionario de clase’ que fusione firmemente sus propuestas capitalistas con la sociedad, el magnate maverick Trump ha antagonizado sectores de la propia clase capitalista norteamericana así como gobiernos europeos, de las naciones vecinas y otros. Tiene en contra grupos amplios de la sociedad y medios principales de difusión y noticias, que sugieren que sus políticas serán pasajeras y son simples caprichos.

Además de las contradicciones entre clases en Estados Unidos, están las del imperialismo versus China, Rusia, el Sur global y el desarrollo de decenas de países pobres. El colonialismo y el sistema internacional integraron los países subordinados al mercado global, lo cual ahora los obliga a desarrollar sus fuerzas productivas, la más importante de las cuales es la fuerza de trabajo. La reproducción social progresista necesita el desarrollo económico nacional y éste tiende a la independencia y los mercados alternativos, como manifiesta China de forma imponente. Todo ello anuncia un cerco a las pretensiones hegemónicas norteamericanas. Es probable que Trump reconozca que tales pretensiones deberán ir disminuyendo, y que el mérito de su movimiento será hacer que Estados Unidos se adapte al mundo actual, centre su economía en el trabajo nacional, y evite una crisis mayor aprovechando sus ventajas comerciales.

la prensa de un establishment que se ha consolidado y beneficiado durante décadas en el orden económico que quizá pronto se deje atrás. autor es profesor jubilado de la Universidad de Puerto Rico)

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 
     
 

Héctor Meléndez

 
     
     
 
 
     
     
     
 

*5 de febrero de 2025*

 
     
     
 

Represión trumpista de la educación
Por Héctor Meléndez | 05/02/2025



Fuentes: Rebelión - Imagen: Manifestantes afrodescendientes de EE.UU. Crédito: Bettmann / Ernest C. Withers. 1968 No es racista meramente Trump, sino el Estado y la sociedad estadounidenses.

La orden ejecutiva de Donald Trump para cancelar fondos del gobierno federal a instituciones en que se enseñe la ‘Teoría crítica de la raza’ (Critical Race Theory) promete numerosos desafíos en los tribunales. Como otras órdenes que emitió, luce que se empantanará en objeciones legales y confrontará problemas prácticos para aplicarse, entre otras cosas por lo inexacta y confusa que es, como si hubiese sido formulada a la ligera. La fiereza de la nueva administración en sus primeros días sugiere una angustiosa resistencia del Estado norteamericano a aceptar su disminución en el mundo. Trump abandona el interés usual en el consenso en las relaciones políticas y genera relaciones de antagonismo comercial y diplomático con otros países. Concentra esfuerzos en Latinoamérica y el Caribe, históricamente la zona más oprimida y controlada por Estados Unidos. En política interior intenta desmantelar a toda velocidad el sistema que empezó FD Roosevelt, que en el último medio siglo se hizo predominante, de incluir los afroamericanos y pobres en un clientelismo social de abundantes subsidios y amplia burocracia federal, en un ‘estado benefactor’ agrandado.

Varios autores acuñaron en los años 70 y 80 el nombre ‘teoría crítica racial’, si bien continuaban antiguas y amplias discusiones sobre la cuestión afroamericana y la sociedad estadounidense. Argumentan que el racismo no es simplemente un ‘prejuicio’ personal, sino que está en la formación misma de instituciones principales de Estados Unidos. En Estados Unidos esta idea es escandalosa, pero para muchos alrededor del mundo es evidente. Desde hace largas décadas las discusiones sobre sociedad e historia admiten que la opresión racial es parte de la cultura de la nación norteamericana, la cual instaló un ‘colonialismo interno’, ya que sus plantaciones de esclavos no estaban fuera del país (como en los casos de Gran Bretaña, Francia, etc.), sino dentro.

Textos como The Black Jacobins (1938), de CLR James, Capitalism and Slavery (1944) de Eric Williams, y How Europe Underdeveloped Africa (1973), de Walter Rodney, aumentaron la conciencia de que la opresión de los negros ha sido inseparable de la historia moderna y de Occidente. Después siguió un torrente de investigaciones, publicaciones y cursos académicos en Norte y Latinoamérica, el Caribe, África y Europa. Asimismo, el conocimiento científico, e incluso la cultura general, ya admiten que desde hace milenios la división social del trabajo y el desarrollo tecnológico producen un excedente cada vez mayor que hace posible el progreso histórico, y las clases dominantes suelen apropiarse. El capitalismo occidental es un perfeccionamiento de este mecanismo, especialmente por expandir la actividad financiera como nunca antes. La teoría que ve el progreso –el conocido– inseparable de la explotación del trabajo, inicialmente elaborada por Karl Marx, ya no es tabú y ha enriquecido las ciencias sociales e incluso las naturales. Ha incidido en los temas del colonialismo, la formación del sistema global, y la extraordinaria experiencia del trasiego y trabajo de africanos esclavizados, entre los siglos XV y XIX, en un vasto mercado que incluyó África, las Américas y Europa occidental y en que participó gran cantidad de gobiernos, bancos, empresas, y las iglesias católica y protestante. Estuvo en la base de la era moderna.

El presente, pues, encierra un complejo ‘pasado’ lleno de contradicciones. Por ejemplo, las naciones americanas actuales no existirían sin el sometimiento y el genocidio de las sociedades indígenas, desde el tiempo de Cristóbal Colón, en el Caribe, Centroamérica, México, los países andinos suramericanos y el resto del hemisferio. En Estados Unidos, el crecimiento industrial, financiero y militar del norte no hubiese sido posible sin las plantaciones esclavistas del sur –el algodón iba a la industria de ropa en Inglaterra– que producían riqueza que se convertía en dinero y en actividad bancaria que financió la expansión del norte. Parece que muchos votantes de Trump, a los cuales éste quiere cumplir lo prometido, se sienten ofendidos al escuchar estas duras realidades, que resultan claras una vez se les estudia y desmontan la historia tradicional oficial idealista y ‘blanca’. Creen que comprender la historia de manera crítica es un ‘racismo contra los blancos’.

No debe subestimarse que Trump reproduzca esta actitud infantil atacando la libertad de expresión y de cátedra y la discusión sobre la sociedad y la historia, en una suerte de regreso a la represión medieval del conocimiento y del debate de ideas libre e informado. El temor a la discusión delata la crisis de Estados Unidos, cuyo actual declive –junto al de Occidente– en el mercado mundial hace aflorar muchas inseguridades. La orden de suprimir la ‘teoría crítica’ confirma la sensación de que Trump expone el racismo más crudamente que otros presidentes y políticos de Washington, al menos desde que en los 70 se hizo políticamente incorrecto ser racista, y alimenta la ignorancia e impulsividad de grupos supremacistas blancos.

Si Trump persigue liberar las contribuciones intelectuales y los debates sociales del paternalismo y los subsidios del gobierno, su forma de hacerlo es bastante torpe. Pero, de nuevo, la orden encontrará obstáculos para aplicarse en la práctica, cuando menos referentes al derecho a la libre expresión. Es confuso además si persigue suprimir las específicas lecturas que en los 70 y 80 se llamaron Critical Race Theory, o más ampliamente la enseñanza de la historia y del carácter contradictorio y complejo del proceso social, que durante siglos ha incluido opresión de pueblos y explotación del trabajo y de la mujer. En cualquier caso sería una involución reaccionaria.

No es racista meramente Trump, sino el Estado y la sociedad estadounidenses. Trump lo expone crudamente también con la deportación de miles de inmigrantes latinoamericanos en pocos días, de forma destemplada y carente de consideraciones legales y humanitarias en muchos casos. Ha sido como el traslado de ganado, en vez de seres humanos. Las ordenanzas de Trump, y la forma en que se anuncian y ejecutan, han agudizado la tensión nerviosa y moral de la sociedad. Puede preverse que restarán aún más solvencia a Estados Unidos.

El autor es profesor jubilado de la Universidad de Puerto Rico.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 
     
 

Héctor Meléndez

 
     
     
 
 
     
     
     
 

 

 
 
     
     
 

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